Cuadernos de Lavapiés |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2006.
Francesc, 30 años; auxiliar administrativo en una oficina de la c/Alcalá. Su compañero de apartamento Rubén, tiene 29. Comparten piso en Madrid desde hace 5 años. Pagan 400 euros al mes cada uno por un piso amueblado de 55 metros cuadrados. Se conocen del pueblo. Fueron juntos al instituto en Palma. El padre de Rubén se llama Andrés, tiene 72 años y es mecánico jubilado. La madre, Encarnación, es 6 años más joven, nacida y criada en Granada, de profesión sus labores. Nunca se va a jubilar. De los padres de Francesc mejor no hablar. No se lleva bien con ellos. Francesc es votante regular del Partido Popular. Rubén se define como "de izquierdas", y a veces reprocha la afiliación política a su compañero de piso. Lo hace medio en broma, medio en serio. Francesc, con similar talante, le contesta que cuando Rubén deje de ser un estudiante eterno y empiece a vivir de su sueldo en vez de hacerlo de las becas del Ministerio, él también votará al PP. Estas conversaciones suelen tener lugar en mallorquín, que es un dialecto del catalán que conserva muchos rasgos arcaizantes en comparación al hablado en el Principado, dado su menor contacto con masas de población castellano-parlantes (entre otras causas). Francesc y Rubén lo suelen hablar cuando están a solas o con otros catalano-parlantes, y lo hacen sin ganas de ofender. Es su costumbre, desde niños. Estación de metro de Tribunal, la de la canción de Joaquín Sabina, músico de Úbeda, en la provincia de Jaén, famosa por su bellísima arquitectura renacentista y por sus buenos escritores. Viernes por la noche, a las 21:30 horas del 2006, anno Domini. Francesc y Rubén van a Bilbao (la glorieta) a tomarse unas cañas con: Fran, 29 años; casado, malagueño Paloma, su esposa; coruñesa de 33 Rosa, 36, pelo lacio; nacida en la isla de El Hierro Sergi, 29; calvo; profesor de ESO; alérgico al gluten de trigo. El tren de la línea 1 va muy lleno. Un supuesto ingeniero de sonido (en su defecto, un operario a sus órdenes) armado de un micrófono omnidireccional de la marca AKG modelo C-400 B habría registrado en el 2º vagón del convoy un mínimo de 14 conversaciones, 6 de las cuales transcurrirían en castellano. El resto se reparte entre: francés, inglés, polaco, quechua, chino cantonés, árabe dialectal, bereber rifeño, wolof y mallorquín. Esta última conversación es, naturalmente, la mantenida, sin ánimo de ofender, por Francesc y Rubén, quienes se dirigen a Bilbao de cañas. El supuesto ingeniero de sonido no existe; el operario sí, pero no se va de marcha. Vuelve a casa, después de trabajar en la Filmoteca Nacional, junto a Tirso de Molina, donde empieza la canción de Sabina (Joaquín). Como es lógico, el operario no lleva un micrófono omnidireccional encima, porque bastante tiene con las horas que echa por un sueldo que tampoco es para tirar cohetes, como para, además, llevarse trabajo a casa. Otro que tampoco lleva micrófono y que también vuelve a casa es Francisco Antonio, de 31 años, aficionado al ajedrez y casado con Luisa, de su misma edad, natural de El Toboso. Cuando las puertas se abren, Francisco Antonio enfila la puerta. Mucha gente se baja con él, pero no los dos maricones catalanes esos, así que Francisco Antonio, que tampoco se lleva bien con su padre (aunque sí con su madre, que también es de Granada), que no vota hace tiempo pero que lo haría al PP, que también trabaja cerca de Tirso de Molina y al que también le gustan las canciones de Sabina, les espeta en la cara al pasar: “Iros a hablar catalán a vuestra puta tierra, que esto sí que es España”. 11:45 de la noche. Una paloma con síntomas obvios de gripe aviar cae frente a un autobús de la línea 149, en su último servicio antes de recogerse en cocheras. Es atropellada, con lo que los síntomas de la gripe aviar pierden toda posibilidad de ser reconocidos. Un camión de la limpieza barrerá la calle en pocos minutos, y la paloma desaparecerá de la vista. No todos los contagios son tan obvios. En un canal, partido de fútbol entre Real Zaragoza y Barcelona F.C., desde La Romareda; en otro, retransmisión de Otelo, de Verdi, desde el Liceu de Barcelona. En el área del Zaragoza se va a lanzar un saque de esquina, pero Samuel Eto’o, harto de que le ataquen la dignidad, se dirige hacia el banquillo, diciendo que se marcha. El público, aficionados del equipo local en su mayoría, grita enfadado. No contra los imbéciles que hacían gestos simiescos a Samuel Eto’o, sino contra el propio jugador. Según ellos, no será para ponerse así: “a todos los deportistas de élite les llaman cosas desagradables desde la grada”. Cierto, sólo que quien oye lindezas como hijo de puta o cabrón junto al córner se sabe “inocente” de tales acusaciones, mientras que los que insultan a un ser humano negro por el color de su piel no están inventando epítetos; están intentando degradar la dignidad de un semejante. Hace tiempo que Otelo sospecha. Ahora, la escena del pañuelo le convence de que Desdemona le está engañando. Es mentira, pero Otelo está ciego. Demasiado rencor y demasiadas tormentas para luchar en contra y conservar la lucidez y la frialdad. Brabantio, el padre de Desdemona, parece seguir gritando, anticipando que quien tan casquivana fue para fugarse con el Moro acabará también por traicionarle a él. El escenario del Liceu, mucho menos teatral que el terreno de juego del equipo zaragocista, está casi desnudo. Sólo un enorme espejo, inclinado sobre las tablas, reflejando una cruz y una raya pintadas sobre el suelo. Eso es todo. La ropa de Otelo y Desdemona también es minimalista. Nada de brocados, gorgueras, mangas acuchilladas, cuellos a la Valona, morriones, calzones follados ni cendales de seda. Ambos van vestidos “a la intemporal”, una forma de atraer a públicos alérgicos a las antigüedades, y de montar un auto de Calderón con cuatro perras. Pero no me quejo, no se me entienda mal. Comprendo que, del mismo modo que pagar la entrada para un partido no da derecho a insultar la dignidad de un profesional, las de palco en el Liceu no eximen al asistente de poner algo de su parte, por ejemplo la imaginación. Así se centra uno en la interpretación de José Curá y Krassimira Stoyanova, en las sutilezas de la música de Verdi y en el magnífico libreto, basado en Shakespeare, en vez de hacerlo en farfollas y atrezzos. Los tejidos lujosos, las bóvedas de palacio veneciano, las ventanas con vistas a un puerto repleto de galeras, los guardias de pecholata armados hasta los dientes y otras realidades de cartón piedra son sacrificios que la escena hace al numen del Arte, dejándolo sólo en el ruedo, como los buenos toreros, en estado puro, atemporal y universal. Sólo una excepción rompe el hechizo. Una simple excepción que nos dice que hay cosas que no se pueden dejar a la imaginación, que hay elementos de la realidad que es imposible soslayar, que hay definiciones de lo que nos rodea que no pueden sugerirse, inferirse a través del arte, abandonarse a ese acto consciente que es la suspensión de la incredulidad ante el hecho dramático. Por eso, José Curá, que no es negro como Samuel Eto’o, tiene que maquillarse y oscurecer el tono de su piel, aunque vaya vestido de nada en un escenario desnudo. Porque si no, no hay quien se lo crea. Porque, de otra forma, ¿quién de entre el educado público que asiste a la Ópera se va a tragar que Brabantio se pille tal rebote porque su hija se haya fugado con un negro? Nadie, o muy pocos. Acaso los que sean capaces de abstraer la realidad de tal modo que vean seres humanos por todas partes y personajes de ficción en los escenarios, y que puedan conjugar ambas cosas y ponerse en la piel del semejante. Ya sea éste un actor blanco haciendo de Otelo, ya un grandísimo delantero camerunés harto de soportar como se degrada a sus, a mis semejantes. Miro en Internet fotografías de viviendas en venta, en alquiler, en pornográfica exhibición de sus encantos. A mi izquierda, la pared de azulejos blancos y una ventana, que da a un patio de muy pocas luces, por donde saco la mano para que el humo del cigarrillo se vaya de aquí, ya que la luz no habrá de entrar. Frente a mí, que estoy de lado por la falta de espacio, por mi asqueroso vicio de fumar y por mi repugnancia al humo ya fumado, a 30 centímetros, el fregadero y la lavadora. A la derecha, compartiendo con frutas, hortalizas y pan duro el poco espacio de una manera hidalgamente postmoderna, el portátil en el que escribo esto y con el que visito casas que nunca podré comprar o alquilar. No es puro masoquismo, me digo. Lo hago para comprobar que, de tener algo más de lo que tengo ahora, acabarían parte de mis penurias, por mucho que la moral me diga que otras permanecerían donde están. No tengo esperanza de sentarme un día a escribir estas cosas en un despacho con dos balcones a la Plaza de la Paja, con el Madrid de Quevedo cinco plantas más abajo, y la chimenea encendida para atraer a las musas. Y si no la tengo, ¿para qué castigarme? Porque hay veces que uno compara su vida con la de los que están peor, que es intensísima mayoría, y con la de uno mismo hace años, cuando uno no disfrutaba de muchos de los lujos que hoy considera imprescindibles, y se da cuenta de que nunca estamos satisfechos, de que hasta el ganador del gordo de la lotería encontrará razones para levantarse de mala leche y no disfrutar de una mañana de invierno escribiendo o leyendo junto al fuego, con la vista del Madrid de los Austrias allá abajo, sino quejándose de su suerte o maldiciendo su estampa, como el costamarfileño que vende en Preciados, hasta que la Policía Municipal le obliga a darse una carrera. En esas ocasiones uno puede sentirse justo con sus semejantes, reconfortado en su conciencia pequeño-burguesa, reivindicado en su envidia de quienes han tenido mejor fortuna, o completamente desesperado, que es el caso de un servidor. Si ni siquiera esas vistas, esos metros cuadrados con tarima flotante, esa luz natural entrando por ventanas de verdad, esos acabados de lujo y diseños de capricho habrían de cambiar la realidad, entonces ¿qué más da? Por eso me gusta mirar las fotos en Internet y leer las descripciones: “145 metros cuadrados, cuatro dormitorios y despacho, diez balcones, en esquinazo, quinta planta, terraza soleada, techos altos, completamente reformado, ideal para entrar a vivir…” Porque enseguida me doy cuenta de que la vida seguiría siendo lo que es, y los motivos para tirar la toalla continuarían siendo escupidos a diario por los informativos de las principales cadenas de televisión, pero desde una quinta planta con vistas y suelos de tarima no me dolerían el cuello y la espalda, después de darle lustre a mi conciencia pequeño-burguesa durante una hora al ordenador. Y fumaría mirando desde la terraza, pensando como escribir el siguiente párrafo de mi mejor novela. |