Cuadernos de Lavapiés |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006.
La pasada noche me dejé influenciar por el mensaje del Ayto. de Madrid que insta a quien lo lea (es imposible no hacerlo, el cartel está en todas partes) a “sacar el ciudadano que llevas dentro” para que sea éste quien se encargue de separar y reciclar los residuos domésticos, para bien de todos y alegría del planeta. Sinceramente convencido, saqué al ciudadano que llevo dentro, y le invité cordialmente a una charla preparatoria en el sofá de casa. Como no cabíamos en el salón (nunca un sufijo ha sido tan mentiroso), al final el ciudadano que llevo dentro se tuvo que quedar de pie, mientras le aleccionaba sobre las bondades del reciclado. Me puso cara de adolescente rebelde al que reprendemos por no ordenar su cuarto, y que se toma la regañina como si lo que intentáramos fuese recortar sus más inalienables libertades de mozuelo/a hormonado/a. Le dije que, de ahora en adelante, íbamos a separar los residuos domésticos en, a saber: orgánicos, vidrios, latas, papel y cartón, y plásticos. El muy irreverente me contestó que a ver de qué chistera inmobiliaria iba yo a sacar los centímetros cuadrados para colocar tanto cubo. Le respondí que con un poco de voluntad, hasta los tabiques ceden, y le hablé del Feng Shuei y de la economía de espacios nipona, en nada reñida con el confort. Como seguía respondón, di por terminada la charla y le mandé a separar el contenido del cubo de basura que vive debajo del fregadero. Lo hizo de mala gana y a regañadientes, pero al menos metió cada cosa en su bolsa. Cuando salía para tirarlas al contenedor más cercano, le oí murmurar algo sobre “su espacio vital”, seguido de un “estoy harto” típico de su edad, egocéntrica y paraoica. Eso fue anoche, a las diez y media. Esta mañana, el ciudadano que llevo dentro todavía no había vuelto a casa, y servidor estaba al borde de un ataque de pánico. Nunca antes lo había dejado suelto por las calles de Madrid. No me atrevía a llamar a la Policía Municipal, así que he salido a buscarle, a preguntar por si alguien lo había visto. Angustiado, he recorrido las calles de Lavapiés de arriba abajo, buscando un contenedor de reciclaje. Tardé en reconocerlo, pero al cabo di con uno, casi completamente achicharrado, como una falla valenciana a la mañana siguiente. Ya casi estamos en San José, pero Lavapiés no está a las orillas del Turia, ni es tradición aceptada aquí la de quemar cosas en la vía pública, así que temí cualquier desgracia. Junto al contenedor, tirado en el suelo, estaba el ciudadano que llevo dentro, hecho una pena, las bolsas de basura medio cubriendo su cuerpo. Como lo único que se puede hacer en estos casos es darle un abrazo al hijo pródigo, me lo llevé a casa y le di de desayunar. El relato de su noche me heló la sangre. El pobrecito mío es un inadaptado, por mucho que se las dé de jovencito rebelde con causa, y nada más poner el pie en la calle fue objeto de escarnio y víctima propiciatoria para casi todo el que se cruzó por su camino. Y es que, a fuer de largo, el camino en busca de contenedores en mi barrio es casi un via crucis, ambientado por la falta de alumbrado público, empedrado de mojones de perro y frecuentado por ciudadanos que otros llevan dentro y que pueden llegar a tener muy mala leche. Al final, el ciudadano que llevo dentro está castigado, y no va a salir de casa en mucho tiempo, que no quiero que me lo echen a perder las locas iniciativas del Ayto. que todos llevamos fuera. Embarrancado yo mismo en estos inútiles pensamientos, me pongo a oír música que no sea la del acordeonista balcánico, y escojo a Camarón, entre otras cosas porque hace poco fue 28 de febrero y no pude celebrarlo en mi patria, y tengo aún reciente la diarrea nacionalista que me dio al comprobar que mis paisanos tenían puente, mientras en Castilla soplaba el cierzo de camino al trabajo, por la mañana, cuando más duele. No soy científico, pero sé que cuando se dispone de pocos datos, o cuando no se presta atención a las variables, puede uno llegar a extrapolar conclusiones que parecen ciertas y lógicas, pero que acaban siendo completamente falsas. Así, si uno lee en la prensa de estos días de víspera de primavera de 2006, y se fija en los titulares de palabras como “universitario”, “protestas multitudinarias” o “represión policial”, podrá comparar las protestas estudiantiles en Francia con las aparentes manifestaciones de inconformismo de sus colegas españoles. En el primero de los casos, se trata de una protesta generalizada en contra de una nueva ley laboral. Ley que, según los estudiantes franceses, puede ser nociva para el total de la sociedad gala. Por el contrario, el descontento que estos días muestran los universitarios españoles viene provocado por las medidas policiales tomadas por algunas ciudades para reprimir la celebración del tradicional “botellón” de bienvenida de la primavera. Desde un punto de vista medianamente científico, extrapolar de estos datos que la juventud francesa tiene sobre los hombros algo más que la excusa para peinarse el flequillo “a la Ralph Lauren”, sería falaz. Obviar los abismos que median entre ambos contextos para acabar concluyendo que, mientras los estudiantes francos se preocupan por su futuro, los españoles sólo salen de su apatía para exigir el derecho a ensuciar parques, alamedas y polideportivos, emborrachándose a la sajona (deprisa y de mala leche), sería injusto, además de completamente anticientífico. Pero bueno, como ya he dicho, no soy científico. Querido amigo, Como sabrás, la reciente noticia de la tregua ofrecida por los terroristas de ETA al gobierno de ZP ha suscitado una euforia general en gran parte del país, euforia que parece puede desembocar en el final del conflicto armado que ha venido azotando España desde hace ya demasiadas décadas. Nada más lejos de nuestra intención que cuestionar la necesidad de dicho final, ni de intentar prolongar una situación que todos consideramos terrible y dañina para el bien común. Pero sí que estamos preocupados ante la posibilidad de que el actual ejecutivo nacional termine por firmar una paz a toda costa, en la que quedarían impunes los delitos cometidos por los terroristas. Creemos en la Paz, con mayúsculas, pero consideramos imposible que ésta nazca de la injusticia, del olvido y de la impunidad para con aquéllos que han apoyado, fomentado y/o permitido la violencia. Es por ello que deseo invitarte, mediante la presente, a que participes en la manifestación de rechazo convocada para dentro de poco por ya tú sabes quién, y a que unas tu voz a las de cuantos queremos para nuestro país un futuro en paz, a través de un presente en justicia. Aprovecho la ocasión para saludaros a ti y tu familia. Sin otro particular, se despide atentamente, Uno de los detodalavida Queridísimo amigo, Estoy completamente de acuerdo con cuanto expresas en tu mensaje. No podemos permitir que, en nombre de una supuesta paz, que más llamaría capitulación, se pisotee la memoria de todos los que murieron a manos de esos asesinos. Es por ello que lamento tener que comunicarte que no podré asistir a la manifestación, por razones familiares, ya que estaré visitando por esas fechas a mi abuelo, el General Todosfirmes, quien cumple, como tú sabes, los noventaytantos en su dorado retiro de Puerto Banús. Aunque ya sabes que a veces se pone pesado enseñando sus medallas al mérito militar, contando sus batallitas de cuando la Guerra, o rememorado sus cacerías con El Caudillo, siempre es un placer compartir con él esos momentos tan entrañables. Y no hablemos de que me interesa tenerle contento, con tanto primito moscón queriendo hacerle carantoñas a la herencia del ilustre abuelo… Espero que sepas disculpar mi ausencia, aunque te aseguro que, si bien mi cuerpo mortal estará tomando el sol a orillas del Mediterráneo (un trozo de orilla que papá recalificó en el 74, cuando era alcalde, y que luego compró el abuelo con esa sagacidad que ya le distinguiera en el 36), mi espíritu estará con todos vosotros, gritando consignas en pro de la justicia. Deseando lo mejor para ti y los tuyos, se despide afectuosamente, Otro que Tambienbaila Cuando llueve, claro está, se moja mi patio, y se moja la ropa tendida, que hay que volver a lavar, porque el aire de Lavapiés está muy sucio, y la lluvia no cae virgen sobre las sábanas limpias. |