Cuadernos de Lavapiés |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2008.
II El Dorado Allegro ma non troppo Los días que siguieron Tom intentó combatir el desánimo de mil maneras. En vez de aceptar con resignación el hado, y achacarlo a la vida, que es así a veces, Tom se dedicó a visitar bufete tras bufete en busca de un abogado que le prometiera resolver el pleito a su favor. Ni siquiera Allen Rothenberger, de la firma Rothenberger & Rothenberger, ¾que se anunciaban en la tele prometiendo indemnizaciones millonarias a todo el que tuviera la mala suerte o el designio de caer en una zanja de albañiles¾ le animó a seguir con la porfía. El caso estaba claro, y ni Perry Mason redivivo le ahorraría la multa. La señora Rugelach había venido de alguna remota parte de Europa muchos años antes, y aún conservaba esa resignación que caracteriza a quienes las han pasado canutas durante siglos. Esa fue, y no otra, la fuerza que la sostuvo cuando quedó inútil el padre de Tom. Silencio y barajar, achantarse y a seguir tirando para adelante, que Dios aprieta pero no ahoga, y cuando cierra una puerta otra se abre. Pero su retoño era producto del país. Lo de la resignación callada le sonaba a actitud muy digna en Gandhi, o en un montañés balcánico harto de injusticias y limpiezas étnicas. Pero en un americano de pro, hijo de la tierra de la oportunidad y merecedor por derecho de nacimiento de todos y cada uno de los derechos concebibles al ser humano en su más alta y elaborada expresión, resignarse de ese modo no era justificable, perdonable ni aceptable. Por no hablar de lo antipatriótico, y hasta lo anticonstitucional que una actitud resignada a buen seguro suponía. Pronto, Tom adoptó la firmeza de opinión y escasez de perspectiva que solemos asociar con la decisión inquebrantable, tomada tras convolutos razonamientos y reflexiones: si fuese necesario, lucharía hasta el final para reivindicar sus derechos, "you can bet your bottom dollar…" Y si bien la negativa de hasta los más ladinos engañabobos de la abogacía le hiciera, como hemos visto, abandonar la idea del recurso legal, otros recursos asistirían su justa lucha y allanarían el camino de su satisfacción. Como en las películas de Charles Bronson. III Muy quemado Larghetto incordioso Lo siguiente que pasó en la vida de Tom Rugelach quizá merecería la pena ser descrito de una forma menos sucinta, pero es que resulta tremendamente pesado relatar el proceso psicológico que siguió al accidente, y que sacó por completo de quicio al pobre Tom. Si antes resultaba necesario para el desarrollo argumental y dramático de la historia que hubiera un incendio, ahora hay que dar por hecho que a Tom Rugelach se le caen varios tornillos, y queda un tanto desequilibrado. El cómo llega nuestro hombre hasta tal extremo habrá que imaginárselo, aunque esperemos que lo ya relatado de su niñez, junto con las pistas proporcionadas por sus reacciones, y por la descripción del contexto socio-cultural en que vive, habrán de ayudarnos en la recreación off stage de los escalones que llevan a Tom a la irracionalidad que a partir de ahora mostrará . De momento cabe decir que la tomó con los bomberos. Les hacía culpables de todas sus desgracias, y por ende les juró eterna inquina. A medida que se iba deteriorando la salud mental de Tom, su odio hacia los bomberos se acerbaba. Se entusiasmó con el fuego. No sabemos si ya de pequeño tuvo inclinación a jugar con mecheros y cerillas. De ser cierta su predisposición, el incidente del automóvil no habría sido sino el detonador que hiciera prender de nuevo el rescoldo subconsciente de una piromanía reprimida. Pero no vamos a pillarnos los dedos afirmando ni negando, sino que nos ampararemos en el recurso de querer dejar al lector concluir lo que mejor le pareciere. Y tiramos del comodín para seguir narrando a continuación cómo la cuenta del gas subió a límites insostenibles, ya que el buen hombre, en su fanatismo, prohibió a su mujer e hijos apagar los quemadores de la cocina, que permanecían siempre en llamas. Una noche de Mayo, cuando descubrió que la canguro había apagado el horno, que llevaba encendido desde Navidad (por el pavo, se entiende), Tom la emprendió a gritos con la pobre chica, diciendo que en su casa no quería apaga-fuegos ni profesionales ni aficionados. La chica dejó de cuidar a los niños de los Rugelach y de fumar; gracias a eso terminaron no echándola del equipo de animadoras de su instituto, el Middleton High School, del que pasó a la universidad de Wisconsin, donde conoció a su actual marido. Ahora viven en Montana y tienen tres preciosos niños que creen en el futuro y que con un poco de suerte y mucho esfuerzo honrado llegarán a altos ejecutivos de una empresa de Internet, que es el futuro, obviamente. Tanto la temperatura en centígrados como la emocional llegaron a hacer de la casa de los Rugelach un sitio insoportable, y eso a pesar de que la mujer de Tom se deslizaba de la cama cada noche para apagar al menos los fogones, preocupada por la seguridad de sus hijos. Luego la pobre tenía que levantarse antes que su marido, para volver a encender la cocina y que él no se diera cuenta. ¿Por qué a las prostitutas de Montera las acosan constantemente los municipales, mientras que a los puteros de alto standing del club privado de al lado de mi casa les hacen el pasillo? ¿Por qué la 2 de TVE sólo ofrece documentales una vez se han cerciorado de que no se está desarrollando absolutamente ninguna competición deportiva, aunque se tratara del campeonato provincial de petanca, modalidad plazuela de pueblo, en cuyo caso se suspenden los susodichos documentales hasta nuevo aviso? ¿Por qué no les quitan a las marujas el culebrón de la Primera, y les ponen a Rafael Nadal pedaleando el Tourmalet, a ver si hay huevos? ¿Por qué los que no paran de hablar de la inmigración como un "problema" luego le pagan una miseria a una señorita ecuatoriana para que les cuide (les críe) a los niños? ¿Y por qué le pagan tan poco a quien encomiendan el cuidado de las personas que deberían ser las más importantes de su vida? ¿Por qué los hay tantos garitos de tragaperras y bingos por mi barrio, siempre llenos de jubilados gastándose el sueldo? ¿Por qué se prohiben a los jóvenes botellones y drogas, mientras se ofrece al pensionista amplia elección de antros con nombres como "Las Vegas City"? ¿Por qué, al pasar por delante de uno de ellos, llega ese olor tan característico que desprendía el cine X que había delante de mi instituto? ¿Y por qué éste de los "casinos de barrio" no me atrae en absoluto, a pesar de las seductoras y contrapuestas sensaciones que la "Sala Azul" conseguía elicitar de mi imaginación adolescente y libidinosa? Le conocí en una fiesta de cumpleaños. Me pareció un tipo agradable y con don de gentes, de buena labia. En su actitud, nada arrogante, no mostraba dedicarse a la promoción de viviendas, así que me sorprendió cuando me lo dijo. Alguien, un amigo común, le había dicho que llevaba tiempo buscando a donde mudarme. No por frivolidad, que si a la fuerza ahorcan, también a la fuerza te hace la vida empaquetar tus cosas y mudar de asiento. Se ofreció a ayudarme, y la oferta cayó en tierra abonada: el tipo me inspiraba confianza y la situación me invitaba, seductora, a asirme a un clavo ardiendo, una alcayata al rojo, o a lo que el destino tuviera a bien concederme. Nos reunimos en su oficina a los pocos días. Había plantas por doquier, que regaba una señora boliviana, que también se encargaba de la limpieza, como, atento, me explicó mi anfitrión. En las paredes y sobre las repisas había infinidad de fotos suyas en todos los continentes. Al notar mi curiosidad, tuvo a bien comentarme algunas anécdotas relacionadas con sus viajes. −¿Has estado en Perú? −me preguntó, y tuve que responderle que no. Ahí terminó esa etapa de la conversación. Luego salió el tema de la universidad, en la que no nos tratamos, pero de la que al parecer compartimos amigos o conocidos. La cosa iba bien, y cada vez me encontraba más cómodo y esperanzado. Hasta que dejó de sonreír y me preguntó que qué tenía en mente. Cuántos dormitorios, en qué zona, qué presupuesto… Al decirle lo que me podría permitir, teniendo en cuenta los dos sueldos que entran en casa, y al añadirle las necesidades, con el bebé recién llegado, de espacio y comodidades, se puso aún más serio. Ya se me caía el alma al suelo, cuando su rostro se suavizó un tanto. Ahora, en vez del rictus de presidente de tribunal de oposiciones, puso cara de pena. Giró la pantalla del ordenador en mi dirección y me mostró unas fotos en alta resolución, de un piso de tres dormitorios, con trastero, terraza, bien comunicado, no muy antiguo…Las glándulas salivares, confusas ellas como un servidor, o quizá solidarias con el resto de mi organismo, se dispararon con la visión de tan celestial escenario en que representar mis días. −Pero por éste están pidiendo… −Por respeto a la vergüenza de quien esto lea, me abstengo de hacer pública la indecente cifra− ¿No crees que te merecería la pena? −De tenerlo, puede, pero no podemos gastar en alquiler el 80% de los ingresos −confesé, no sé si avergonzado, pidiendo comprensión, o deseando un “gesto”, una “rebajita” que en mi caso habría de ser “rebajón”. Así debió entenderlo él, que se limitó a arquear las cejas y a pronunciar la frase que me había acompañado durante los últimos 7 años como una maldición: “Son cosas del mercado”. Aquello no llegó a más, y al final nos tuvimos que adaptar al espacio disponible. El bebé se acostumbró a dormir con nosotros. Ya veremos qué trae el futuro. En cuanto al tipo aquél, volví a verle hace poco, en otro cumpleaños. Llevaba la misma ropa que la última vez, pero algo indicaba que las cosas no seguían iguales. Llevaba el mismo traje, sí, pero parecía ajado, brillante del uso. Nos saludamos, y preguntó si ya había encontrado algo. −No, seguimos viviendo en el pisito de un dormitorio. Ya veremos cuando el niño crezca un poco… −Bueno, mejor así. Mientras podáis, aguantad así, que ya veremos cómo reacciona el mercado. Ahora está bajo, pero nunca se sabe. A mí me ha afectado la crisis, ¿sabes? Ahora estoy entre dos trabajos; la inmobiliaria que tenía con un socio tuvimos que cerrarla, así que estoy buscando trabajar para alguna de las franquicias. Menos complicaciones así, ¿sabes? Cuando uno se mete a empresario, se desvive demasiado, y luego no compensa. Una de las amistades comunes me había contado que se quedó en el paro hace unos meses, a poco de declararse oficialmente rota la burbuja inmobiliaria, y la misma frase que entonces se me vino a la cabeza pugnaba ahora por escapar de la garganta. −Vaya por Dios−le contesté, mientras luchaba en mi fuero interno por no dejarla escapar. Fue inútil: −Bueno, son cosas del mercado−dije, mientras todos los músculos de mi cara escapaban a mi voluntad y se declaraban en rebeldía para esbozar el gesto de compasión sonriente más hipócrita que he hecho en mi vida. Que no se enfaden tanto los señores académicos con la ministra de igualdad, que tampoco es para tanto. "Pero es que miembra es demasiado", se me insubordina la conciencia, que hace coro con unos académicos de toga y borla, como la hinchada de un equipo de fútbol cuando el árbitro no pita lo que ellos quieren. Pero tampoco se decía fútbol, y a pesar de los intentos de béticos, académicos y demás minorías esdrújulas, hoy casi nadie va a ver un encuentro de balompié. Ni se decían muchas cosas que no existían y hoy son necesarias, y tienen nombre, o reflejo lingüístico de su realidad social. Como la igualdad. A propósito, en el DRAE no figura pajillero con la acepción de "masturbador impenitente", pero sí lo hace pajillera, para describir a la "prostituta que masturba a sus clientes." O sea, que un miembro no tiene derecho a ser un pajillero, por mucho que dedique esfuerzos al propio miembro, ni una pajillera podría, en justa ley, hacerse miembra de un sindicato de prostitutas, ramo manual. |