Cuadernos de Lavapiés |
![]() http://cuadernosdelavapies.blogia.com Líneas cuesta arriba.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2008.
Dejé de escribir. Debía haber seguido creyendo en que el escaso conteo de visitas en realidad significaba otros tantos lectores, pero me llegó la edad adulta como quien pilla el sarampión a destiempo, y lo abandoné. Me entró miedo a vivir, a no conseguir hacerlo decentemente (vivir, escribir, lo que sea) me obsesioné con los alquileres y me convencí de que mis palabras no encontrarían lectores. Tuve un hijo y tuve que ponerme corbatas para pagar el alquiler. El contador de visitas seguía goteando un mísero chorrito, que nunca llegaría a llenarme el vaso. Además, me dije, la mayoría serán gente que acaban allí por arte de birlibirloque digital. Hoy ha hecho 38 años desde el día en que nací. Hubo intención, dicen, de cristianarme con el nombre del santo madrileño. Pero alguien (desde aquí le doy las gracias) votó en contra (suponiendo que la decisión de darme nombre se sometiera a cónclave, lo cual dudo, por más que me gustaría así imaginarlo). Y que no se enojen los hagiófilos (sí, me la acabo de inventar, ¿y qué? ¿habrá un comité de lectores indignados de enviarme una protesta firmada en defensa de la lengua castellana...?) porque nada tengo en contra del mozárabe labrador, si acaso que anduviera metiéndose en políticas, apareciéndose a Alfonso VIII para ayudarle a ganar en Las Navas de Tolosa, labor que, sin duda, le pisó a Santiago, quien para esos menesteres era el más indicado. El caso es que no me pusieron Isidro, ni me criaron para labrador, ni puse pies en Madrid hasta ser ya muy talludito y, no obstante, hoy he celebrado mi cumpleaños con mi hijo, vestidos ambos de chulapos, paseando para que nos parasen las viejas a decir lo guapo y lo simpático que estaba mi bebé vestido de lumpen proletariat urbano de finales del XIX, haciéndonos fotos e hinchándome de orgullo paterno. Y ahora, para más inri, voy y lo cuelgo en mi blog. Una nueva campaña publicitaria de ediciones SM (http://www.youtube.com/watch?v=5lIh9_GMU1Y intenta reivindicar la importancia que tienen, que tenemos, los profesores, los maestros, los que enseñan. Alguna causa habrá para que se hagan necesarias estas campañas, así como las otras, las institucionales que intentan recordarnos que no es labor fácil ni debe menospreciarse a quien tiene a su cargo la educación de los ciudadanos de dentro de poco. Y no digo más, porque duele. En esta campaña en concreto figura un anuncio de televisión donde la protagonista (una profesora hablando en clase) cuenta una anécdota de la vida de Picasso. Según esta anécdota, el genial malagueño nació muerto, y fue sólo después de que su tío le soplara en la carita el humo del puro que se estaba fumando que el neonato por fin comenzó a respirar. La anécdota queda registrada aquí: http://www.psikeba.com.ar/articulos/VDpicasso.htm en un texto de Viviana Dreidemie "Yo Picasso: La penúltima versión de la realidad". Lo de que naciera muerto me parece querer rizar un poco el rizo. Es de pensar que con soplar para aclarar las vías respiratorias del bebé habría sido suficiente, sin que tuviera que intervenir el humo del cigarro, pero Picasso era un tanto dado a adornar su biografía, y el puro que da la primera bocanada de vida a quien habría de convertirse en uno de sus más geniales celebrantes da un toque poético a la historia. Pero lo que me da pena es pensar que, incluso con la jurisprudencia sentada por la emisión de este spot publicitario, nada ni nadie me salvarían de la quema si se me ocurriera usar esta anécdota en clase. Habría que ver la de protestas airadas de algunos padres de alumnos, ofendidos y exigiendo ver castigada mi invitación al uso y disfrute de tabaco y otras drogas, que sería lo único en que muchos pensarían si sus nenes les comentaran a la mesa del almuerzo lo que el profesor contó el otro día en clase. Anoche soñé que Jiménez Losantos se dejaba crecer una florida barba, ceñía (en buen hora) espada al cinto, y acaudillaba una hueste de taxistas madrileños, que asaltaban los altos alcázares de la calle Génova al grito de "¡con dos cojones!". El cielo se abría para presenciar tan magna ocasión y desde él, como un pantócrator leridano, presidía el mismísimo Caudillo, a la su diestra Aznar, el de las negras guedejas, y a la siniestra (es un decir) la Duquesa de los Aguirres. Un coro de alféreces de infantería travestidos de querubines (las alas, en vez de plumas blancas, lo eran de pollo frito del Kentucky Fried Chicken) presentaba armas, mientras Belén Esteban (juro que yo tampoco sé qué hacía ésta en mi sueño, a juzgar por el cásting onírico) recitaba un madrigal con el título de "A Jean Marie Le Pen, mon seigneur". Esta mañana hice venir a mis aposentos al astrólogo judiciario que solemos mantener en nómina desde que acertó la combinación de la Primitiva, y le ordené que me lo analizara (el sueño). Abandonó la estancia cabizbajo, y esta noche, a la hora de cenar, me ha puesto junto al plato de salmorejo un sobre con su dimisión. "Me voy por donde he venido", ha dicho mientras desaparecía, con un petate al hombro. Me he quedado con dos palmos de narices, y he intentado inquirir entre el servicio. Unos me han dicho que si era moro y que no le gustaban los afeitados en seco (tampoco yo entendí esa referencia a barbas mojadas y vecinos rasurados a la fuerza), mientras que otros hicieron veladas referencias a que la familia del astrólogo había sido de herejes, y reconciliada por el Santo Oficio por haber votado a Izquierda Unida en unas autonómicas. El caso es que me he quedado sin astrólogo judiciario (y eso que le debía el salario de tres meses) y sin saber qué significaba, vaticinaba u otrosí advertía mi sueño, con lo que temo no poder conciliarlo esta noche. Haría llamar al bufón de la corte, pero desde que le pegaron una paliza los seguratas del metro, está muy tristón y no me hace gracia ninguna. Mount Holyoke, Massachusetts. Allí recaló Cernuda, en un sitio idílico durante dos semanas al año, una en primavera y la otra en otoño, cuando el paisaje se viste de colores que para un sureño son tan imposibles como los de un olivar en febrero para alguien de Nueva Inglaterra. Recomiendo ver este vídeo, acompañado de un texto del poeta. Yo lo encontré aquí: http://elojodeltuerto.com/ El mayor tiene 38. En estos momentos no trabaja. Vive con su madre y un perro. La señora es viuda de sub-oficial adepto al régimen. El más joven no pasa de los 21. Conduce un Mini Cooper que parece de juguete. Lo usa para ir a la universidad privada donde cursa estudios, desde que suspendió la selectividad y su padre le dijo que o eso o ganarse el jornal en la empresa familiar. De la que él ni siquiera conoce el sector económico en que se inscribe. El mayor vive en Vallecas. El menor se traga todas las mañanas el atasco de La Moraleja a Ciudad Universitaria, oyendo la radio. Luego, en vez de ir a clase de Ética Cristiana (obligatoria y común en todas las titulaciones de Humanidades) se fuma unos porros con los amigos, buenos chavales. Menos los días en que el otro viene a recogerle y se van los dos en el MIni por ahí, a pegar carteles. "Esto se llena de negros todo el día, pidiendo o aparcando coches, y molestando a las señoras que va a hacer la compra tan tranquilas" dice el mayor, mientras pasan por Julián Romea. A la altura del Vips el más joven aparca el Mini en doble fila, y bajan los dos, uno con el cubo y el otro con papel y escoba. Están excitados. Se sienten rebeldes, y quieren imaginarse temerarios, aunque en realidad no corren ningún riesgo. Otra cosa sería intentar fijar los carteles en las tapias que rodean al Constitucional. Además de las cámaras, están los policías, que no tienen el más mínimo problema en que vayan a hacerlo a media manzana, por la Plaza de Cristo Rey, pero que no les van a dejar pegar consignas de "La Nueva España" más acá del Hospital. "Mientras cada uno permanezca en su sitio, no hay problema" dice de nuevo el mayor. "Y el sitio de ésos es el puto país de donde hayan salido" comenta, mientras repasa con la escoba chorreante de engrudo el cartel que el más joven sostiene por las esquinas. Luego asiente, pero en realidad está distraído mirando al Mini. "Se ha portado el viejo con el regalo de cumpleaños. Si no tuviera ese pronto que tiene..." I Una desafortunada casualidad Adagio Assai Tom Rugelach era un buen conductor. Siempre respetaba (en la medida de lo prudente) los limites de velocidad, jamas se saltaba un semáforo en rojo o un stop, y siempre aparcaba el auto donde no hubiera ni rastro de señales de prohibido. Parar, siquiera un instante, delante de una boca de incendios no era su estilo ni su modus operandi, valga el latinajo. Por todo ello, aquel día de lluvia tremenda y frío desagradable en que dejara (si bien por unos instantes y sin que sirviera de precedente) el coche frente a la boca de riego, mientras se acercaba al portalón de la escuela a recoger a sus hijos, Tom Rugelach se llevó una desagradable sorpresa. Como quiera que, no habiendo anticipado la posibilidad de un incendio en las proximidades, Tom se fio de la fortuna, ésta, que es muy arisca se lo tomó a chulería. Y como además de arisca, es poco original, no tuvo otra forma de mostrar a Tom Rugelach su osadía disponiendo que se declarara un incendio, como no, en las proximidades más inmediatas al malhadado coche de nuestro personaje. Así, el incendio se declaró, más como amante impetuoso que como tímido pretendiente, y la novia, en este caso el edificio adyacente al centro escolar, se vio pronto rodeada por las llamas de la pasión encendidas a su alrededor. Aterrado, Tom Rugelach soltó las manitas de sus hijos y se puso blanco al ver el estado en que un camión de bomberos había dejado su mal estacionado vehículo. Llegados allí con la prisa y la urgencia que les caracteriza, los bomberos habían, en su celo extintor, desalojado el coche de Tom por la fuerza, para tener así acceso a la boca de incendios. El problema fue que los miembros del servicio contra incendios no se bajaron del camión en el que acudían a su honrosa misión antes de desalojar el coche de nuestro protagonista, con las consecuencias fácilmente deducibles del gesto de asombro y consternación que acabamos de ver en el rostro de éste. Antes bien, arremetieron contra el vehículo, nunca se sabrá si de manera fortuita o a consecuencia de un justificable celo profesional no exento de malicia hacia el (para ellos) anónimo saboteador. La diferencia de masa entre ambos vehículos, añadida a la velocidad a la que se desplazaba el mayor de ellos, sin olvidar el detalle de que el menor se hallaba por completo inmóvil en el momento del impacto, ayudan a imaginarse el estado en que quedó el Honda Civic de Tom Rugelach, confirmando de paso las ventajas que tiene compartir narrador y lector unos conocimientos mínimos de las leyes de la Física. Cuando acudió junto a los afanosos bomberos, que desenrollaban las mangueras con prisa y eficacia, nuestro hombre se topó con la total falta de colaboración de los miembros del Servicio de Extinción de Incendios, que le comunicaron de forma bastante grosera que hiciese el favor de quitarse de en medio, que estorbaba y que había una casa ardiendo. La madre de Tom siempre decía que su hijo había mostrado tozudez desde muy niño. Según la buena señora, antes de aprender a hablar, su vástago ya se había convertido en un maestro a la hora de salirse con la suya de cualquier modo posible, ya fuera llorando continuadamente durante horas, o simplemente berreando hasta empujar al límite la paciencia de sus señores progenitores. Mr Rugelach, el padre de Tom, era muy buen hombre pero muy inestable en lo tocante a las emociones, tanto que un buen día se le juntaron el hambre con las ganas de comer (digo una depresión originada por el estrés con una insoportable tarde de llantinas y berreas infantiles) y Mr. Rugelach, fuera de sí en lo psíquico, decidió hacer lo propio con lo físico y se lanzó de cabeza por la ventana. No se mató, empero, dada la escasa altura del segundo piso donde en aquel entonces residían los Rugelach, sino que quedó inútil para el resto de sus días. Los cuales fueron muchos, y dieron mucho que hacer a Mrs. Rugelach, que lo aceptó todo con resignación cristiana. Puestos así en antecedentes de su personalidad, no nos será difícil imaginar cómo se pondría de pesado esta vez con los bomberos el ya crecidito Tom. Lo suficiente como para que el capitán de estos le comunicara de mala manera que hiciese el favor de desaparecer de allí si no quería que lo detuviera por escándalo público. Tom dudaba de la validez de la amenaza, sospechando que un capitán de bomberos por muy capitán que fuera y mucha gorra de plato y mucha sirena en el coche carecía de la autoridad constitucional para arrestarle a uno. Mientras así dudaba, notó Tom con desasosiego cómo la cara del capitán se enrojecía cada vez más y se le empezaban a notar las venas de las sienes. Advertido del sentido común, o de lo que de él le quedaba, el ultrajado infractor del código de circulación optó por una retirada estratégica, y se fue con sus hijos, que estaban muy contentos por la de aventuras que iban a poder referir el día siguiente a sus amiguitos. Cuando, a la mañana siguiente, Tom Rugelach volvía en el taxi a la oficina, tras hacer una visita burocrática a la concejalía de tráfico, lo hacía cariacontecido y meditabundo. El resultado de sus pesquisas y quejas había puesto en claro una cosa. El seguro de responsabilidad civil que tenía suscrito desde hacía tiempo no cubría esta eventualidad. Estacionarse, si bien por breves minutos, frente a una boca de incendios, no sólo era ilegal, sino peligroso y caro. El coche quedaba hecho trizas, y además le caía una multa que derribaba de un soplo sus esperanzas de irse de vacaciones a Miami el verano próximo. Continuará (mucho me temo que) |